De acuerdo. Yo escribí y publiqué un libro sobre Joaquín Romero Murube. Me empapé de su vida, obra y milagros, gracias a las entrevistas que me concedieron sus sobrinos. ¡Grandes personas! Y lo ilustré con fotos inéditas que ellos me facilitaron. Alguien me dijo que lo mejor del libro era la información gráfica. En fin. Algo es algo. Menos da una piedra.
Pero a partir de aquel momento me vi envuelto en un vendaval de opiniones y requerimientos: “Pero, ¿Joaquín era un fachilla, no?” “Si siempre estaba con las cofradías…” “Se escondió en el Alcázar para vivir de maravilla…”
Un día me ocurrió una escena similar en plena Feria del Libro que, por cierto aquel año, se dedicaba a Romero Murube y yo lanzaba mi libro sobre él. Un intelectual de estos de salón, de entrada ya mal educado, dijo en el bar de la Feria, algo parecido a la primera de las tres frases que he citado con anterioridad. Aquello me molestó y salté con ese carácter que, vaya por Dios, El mismo me ha dado. Cómo sería la cosa, que un buen compañero, profesor de instituto y escritor, Salvador Compán, intervino para que la discusión no fuese a mayores.
Yo argumenté: Que Joaquín siempre amó a Sevilla; le pregunté si había leído “Los cielos que perdimos”; si había disfrutado con los recuerdos escritos sobre su pueblo natal, Los Palacios; si sabía que ayudó a que no tiraran el puente de Triana; que hospedaba en su casa a Federico García Lorca y que corría la leyenda de que ayudó a huir a Miguel Hernández camino de Portugal…
De acuerdo que existe una foto en la cual, Joaquín, con el uniforme de Falange, le muestra el Alcázar al mismísimo Franco y a Oliveira Salazar… Bueno, ¿y qué? El vivió su exilio interior, su exilio en el Alcázar en vez de elegir Inglaterra, Méjico o Argentina… Supo aguantar el aguacero y se tragó todos los sapos…
También cuentan que cuando Franco se quedaba en el Alcázar, lo llamaba y le preguntaba: “¿Qué chistes se cuentan por aquí de mí?”
Y ya termino. Si fue franquista, pues lo sería, que lo dudo. Fue listo. Pero ojalá todos los franquistas de aquellos tiempos hubiesen sido como Joaquín, que sabía leer, escribir, era educado, era poeta y amaba Sevilla por sus cuatro costados… Y era soleano. ¡Y nunca fue un vulgar arribista de brazo en alto!

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