Todo el mundo se sabe una frase clave de las obras míticas. Normalmente suele ser la primera. Quizás porque no se ha llegado más lejos. “En un lugar de la mancha…” “Platero es suave… se diría todo de algodón…” “Cuan gritan esos malditos…” o “¿No es verdad angel de amor…?” Y todos quedan muy bien.
El Tenorio es el mito repetitivo, el de todos los años, convertido en tradición. No niego los valores que la obra y sus distintas versiones puedan tener por sí mismas como piezas literarias.
Yo nunca hice el Tenorio. He visto varios, en Sevilla y en Madrid, a grupos de aficionados insufribles y a consagradas figuras del teatro español, a veces igual de insufribles, adobados con delirantes escenografías. Nos encontramos ante un mito convertido en universal, como Carmen.
El cine no se ha quedado atrás. Recuerdo hasta once versiones. Españolas, francesas, italianas, alemanas, estadounidenses, con Marlon Brando de por medio, unas en serio, otras en clave de humor y otras situadas en lugares inopinados, como Sicilia y los infiernos, o mezclado con otro mito, el de Fausto, o la realizada sobre el texto de Moliere, autor que también cayó en la tentación de jugar con nuestro paisano, o convirtiéndolo en un fantasma que lucha por actuar en el Lope de Vega de Sevilla.
El valor que puede tener la repetición del Tenorio todos los años por las mismas fechas, se adscribe más bien al fenómeno que se produce al revivir determinados momentos y sensaciones. Ver la cabalgata de reyes en la esquina de casa de la abuela; oler el primer humo de las castañas asadas; ver encenderse las luces de la Feria; el primer azahar; tu cofradía por tu barrio con los campanilleros de fondo; sacar del altillo las figuritas del Nacimiento; el bacalao y las torrijas en los escaparates; los villancicos en la Campana… Por encima de los valores concretos que encierras todas y cada una de estas cosas, están los recuerdos que te reavivan…
Es posible que algún día, al escuchar aquello de “¿No es verdad ángel de amor…?”, le tuvieses cogida la mano a una novia en el anfiteatro del Lope de Vega. Y ahora, claro, al escucharlo de nuevo…
Por lo demás…
Ahora, la reflexión última está en ustedes mismos…

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