Dice José Mª Toro que yo solo escribo de lo que se
o conozco. La verdad es que se me da mejor que eso de inventar historias o de
ir sacando datos por las hemerotecas. Y, por seguir con mi línea, voy a hablar
de algo que en Sevilla bien conocemos todos. Del calor. Y el calor suele venir
muy asociado a otro concepto bastante engorroso, aunque siempre bien recibido:
las vacaciones.
Desde mi más tierna infancia, calor y vacaciones han venido ligados a recuerdos
de mudanzas embrolladísimas. Desde el botijo de barro hasta una mecedora…
¡Todo! Sin olvidar las broncas de mi madre con mi abuela. Con el paso del tiempo cambiamos el botijo
por una neverita de plástico de color azul y la mecedora por una tumbona de
lona plegable a rayas también azules. Las broncas continuaban, aunque ahora se
celebraban entre la señora y la suegra. Los niños aprovechaban para dar voces y
corretear entre los bultos.
Con el paso de más tiempo, el coche se seguía cargando hasta los topes. La baca
a rebosar, el maletero a tope y la señora, la suegra y los tres mil hijos de
San Luis, tapándote el retrovisor… Y como denominador común, el calor. Porque
aquel primer coche no tenía aire acondicionado.
Y desde el portal de casa, el tío guasón que te grita: ¡Que pases unas felices
vacaciones!
Y tú que te acuerdas de su padre…
Sé que alguno de ustedes habrán vivido cosas peores. Vale. Pero todos estarán
de acuerdo conmigo en que también es mala pata que el calor se alíe con esa
ceremonia tan hispana como es la mudanza de las vacaciones. ¡Ah! Se me olvidaba
la bicicleta del mayor. Cogida con un buen pulpo a la baca. Porque no hay que
ignorar que “las bicicletas son para el verano”, como decía aquella formidable
obra teatral de don Fernando Fernán Gómez. El padre, en el mes de abril del 39,
le decía a su hijo cuando este le pedía una bici para el próximo verano:
-“Quien sabe cuándo habrá otro
verano…”
Y caía lentamente el telón.
Me decía el otro día un conocido del barrio, coincidiendo con el primer
arrechucho de calor de este verano de 2015, el de los 40 “p´arriba”, que ya no
hay veranos. Que veranos eran aquellos cuando no había neveras, ni aire
acondicionado y los techos eran de uralita. Tenías que dormir con una sábana
mojada y cuando se secaba, volvías a mojarla en el grifo y a echártela otra vez
encima… Y el agua te salía caliente del grifo… ¡Eso sí que eran veranos…!
Lo de “el caló”, era el aviso de la llegada del verano. “La caló” cuando el
aviso se prolongaba demasiado. “Los calores” cuando las temperaturas empezaban
a agotarte físicamente y “las calores” el ya no puedo más y hasta aquí hemos
llegado…
Y la voz popular: ¡Ea! Ya no nos acordamos del frío y las aguas de febrero…

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