jueves, 2 de julio de 2015

El calor, la calor, los calores, las calores…

Dice  José Mª Toro que yo solo escribo de lo que se o conozco. La verdad es que se me da mejor que eso de inventar historias o de ir sacando datos por las hemerotecas. Y, por seguir con mi línea, voy a hablar de algo que en Sevilla bien conocemos todos. Del calor. Y el calor suele venir muy asociado a otro concepto bastante engorroso, aunque siempre bien recibido: las vacaciones. 

Desde mi más tierna infancia, calor y vacaciones han venido ligados a recuerdos de mudanzas embrolladísimas. Desde el botijo de barro hasta una mecedora… ¡Todo! Sin olvidar las broncas de mi madre con mi abuela.  Con el paso del tiempo cambiamos el botijo por una neverita de plástico de color azul y la mecedora por una tumbona de lona plegable a rayas también azules. Las broncas continuaban, aunque ahora se celebraban entre la señora y la suegra. Los niños aprovechaban para dar voces y corretear entre los bultos. 


Con el paso de más tiempo, el coche se seguía cargando hasta los topes. La baca a rebosar, el maletero a tope y la señora, la suegra y los tres mil hijos de San Luis, tapándote el retrovisor… Y como denominador común, el calor. Porque aquel primer coche no tenía aire acondicionado.


Y desde el portal de casa, el tío guasón que te grita: ¡Que pases unas felices vacaciones! 


Y tú que te acuerdas de su padre…


Sé que alguno de ustedes habrán vivido cosas peores. Vale. Pero todos estarán de acuerdo conmigo en que también es mala pata que el calor se alíe con esa ceremonia tan hispana como es la mudanza de las vacaciones. ¡Ah! Se me olvidaba la bicicleta del mayor. Cogida con un buen pulpo a la baca. Porque no hay que ignorar que “las bicicletas son para el verano”, como decía aquella formidable obra teatral de don Fernando Fernán Gómez. El padre, en el mes de abril del 39, le decía a su hijo cuando este le pedía una bici para el próximo verano: 


          -“Quien sabe cuándo habrá otro verano…”


Y caía lentamente el telón.


Me decía el otro día un conocido del barrio, coincidiendo con el primer arrechucho de calor de este verano de 2015, el de los 40 “p´arriba”, que ya no hay veranos. Que veranos eran aquellos cuando no había neveras, ni aire acondicionado y los techos eran de uralita. Tenías que dormir con una sábana mojada y cuando se secaba, volvías a mojarla en el grifo y a echártela otra vez encima… Y el agua te salía caliente del grifo… ¡Eso sí que eran veranos…!


Lo de “el caló”, era el aviso de la llegada del verano. “La caló” cuando el aviso se prolongaba demasiado. “Los calores” cuando las temperaturas empezaban a agotarte físicamente y “las calores” el ya no puedo más y hasta aquí hemos llegado…
Y la voz popular: ¡Ea! Ya no nos acordamos del frío y las aguas de febrero…

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