miércoles, 6 de agosto de 2014

El calor, la calor, los calores , las calores…



Dice  José Mª Toro que yo digo que solo escribo de lo que se. La verdad es que se me da mejor que eso de inventar las cosas. Y, por seguir con mi línea, voy a hablar de esa cosa de la que también habla José Mª en su artículo. Del calor. Y el calor suele venir muy asociado a otro concepto bastante engorroso: las vacaciones.
Desde la más tierna infancia, calor y vacaciones vienen ligados a recuerdos de mudanzas embrolladísimas. Desde el botijo de barro hasta una mecedora… ¡Todo! Sin olvidar las broncas de mi madre con mi abuela.  Con el paso del tiempo cambiamos el botijo por una neverita de plástico de color azul y la mecedora por una tumbona de lona plegable a rayas también azules. Las broncas, con el tiempo, pasaron a ser entre la señora y la suegra. Los niños aprovechaban para dar voces. Con el paso de más tiempo, el coche se cargaba con todo. La baca a rebosar, el maletero a tope y la señora, la suegra y los tres mil hijos de San Luis, tapándote el retrovisor… Y como denominador común, el calor, la calor, los calores y las calores… Y desde el portal de casa, el tío guasón que te grita: ¡Que pases unas felices vacaciones! Y tú que te acuerdas de su padre…
        
Sé que alguno de ustedes habrán vivido cosas peores. Vale. Pero todos estarán de acuerdo conmigo en que también es mala pata que el calor se alíe con esa ceremonia tan hispana como es la mudanza de las vacaciones. ¡Ah! Sin olvidar la bicicleta del mayor. Cogida con un buen pulpo a la baca. Porque no hay que ignorar que “las bicicletas son para el verano”, como decía aquella formidable obra teatral de don Fernando Fernán Gómez. El padre, en el mes de abril del 39, le decía a su hijo cuando este le pedía una bici para el próximo verano: 
      
 -“Quien sabe cuándo habrá otro verano…”
  Y caía lentamente el telón.

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